Fuera de escena: apuntes para una psicología afirmativa LGBTIQ+
Por: Valeria Masso
"Tu silencio no te protegerá." —Audre Lorde.
Hay un ejercicio que se hace en los talleres de escritura y que nunca he podido quitarme de encima. Consiste en tomar una escena terminada y preguntarse quién está ahí sin haber hablado. Casi siempre aparece alguien, un personaje que estuvo presente en toda la conversación, que escuchó todo, que reaccionó a todo, y a quien el autor no le dio una sola línea. No es un olvido técnico. Es una decisión, casi siempre inconsciente, sobre quién tiene derecho a decir yo dentro de la historia.
Llevo años escribiendo sobre el dolor de ser humano, sobre la falla que nos constituye y sobre esa costumbre nuestra de pagar la existencia en cuotas de sufrimiento. Pero durante mucho tiempo se me escapó una distinción que ahora me parece central: hay un dolor que viene de estar vivo y hay otro, añadido, que viene de tener que administrar la propia aparición, de medir cada gesto, de editar el pronombre en la anécdota del fin de semana antes de contarla en la comida familiar. Ese segundo dolor no es universal. Se reparte de manera desigual, y se reparte según quién tuvo permiso de subir a escena.
La psicología afirmativa nace exactamente de esa observación. Es un enfoque clínico que entiende que gran parte del malestar psicológico de las personas LGBTIQ+ no proviene de la identidad en sí, sino del estigma, la discriminación y la exclusión social. Burger y Pachankis (2024), al revisar el estado del campo, lo formulan con una precisión que conviene subrayar: la psicoterapia afirmativa se propone atenuar los procesos psicosociales adversos, causados en última instancia por el estigma, que subyacen a la disparidad en salud mental de esta población. Dicho de la manera más corta que encuentro: el problema nunca estuvo en el personaje, estuvo en el guion que le tocó habitar.
Ese desplazamiento tiene un nombre técnico que da cuenta de cómo opera. Ilan Meyer (2003) llamó estrés de minorías al conjunto de tensiones crónicas que enfrenta quien vive en un entorno hostil a su identidad, y distinguió entre estresores distales —la discriminación, la violencia, el rechazo efectivo— y procesos proximales, que son lo que la persona termina haciendo con todo eso dentro de sí: la expectativa anticipada de rechazo, la ocultación, y la homofobia o transfobia internalizada que Alan Malyon había descrito ya en 1982. Es un tránsito perverso y perfectamente predecible, primero el mundo lo dice afuera, después el sujeto lo repite adentro, y para entonces ya no hace falta que nadie lo agreda porque el trabajo quedó automatizado.
Aquí hay un dato que me parece extraordinario. En los ensayos de tratamiento afirmativo, las mayores ganancias se observaron en personas con niveles más altos de negatividad internalizada, y de manera especial cuando esa negatividad se medía de forma implícita y no explícita. Es decir: quienes más se beneficiaron fueron aquellos cuyo rechazo hacia sí mismos no aparecía en lo que declaraban, sino en lo que ni siquiera sabían que cargaban. La persona sabe que se maltrata. Lo que ignora es el tamaño.
Trabajo desde un enfoque integrativo, y creo que esa posición ofrece aquí una ventaja concreta: permite ver que lo afirmativo no es una escuela sino una postura, y que cada corriente tiene la tarea de traducirla a su propio idioma. La evidencia más sólida hasta hoy proviene de las adaptaciones cognitivo-conductuales. El protocolo ESTEEM, desarrollado por Pachankis y colaboradores, se construyó sobre las vías cognitivas, afectivas y conductuales por las que el estrés de minorías deteriora la salud, y se ha sometido a ensayos controlados aleatorizados con resultados favorables en depresión, consumo de alcohol y conductas de riesgo. Se ha replicado en otros formatos y países, con reducciones en depresión, ansiedad, estigma anticipado y ocultamiento identitario en poblaciones tan distintas como hombres de minorías sexuales en China o personas trans y de género expansivo en Rumanía.
Pero la postura afirmativa no le pertenece a la terapia cognitivo-conductual. En la tradición humanista, la aceptación incondicional y la congruencia que Rogers (1957) puso como condiciones del cambio terapéutico son afirmativas por definición, siempre que el terapeuta esté dispuesto a revisar qué es lo que su aceptación acepta realmente. La terapia narrativa aporta el principio de externalización —la persona no es el problema, el problema es el problema—, que resulta casi diseñado a la medida para desmontar una identidad confundida con un defecto. Las terapias de tercera generación han empezado a construir versiones afirmativas de la aceptación y el mindfulness, aunque su respaldo empírico todavía es menor que el de la CBT afirmativa. Y el trabajo sistémico y con familias aporta uno de los hallazgos más contundentes de todo este campo: Ryan y colaboradores (2009) documentaron que los jóvenes LGBT que reportaron altos niveles de rechazo familiar tenían una probabilidad varias veces mayor de haber intentado suicidarse que aquellos con familias aceptantes. Ese hallazgo debería bastar para reordenar prioridades clínicas. La familia no es el escenario de fondo. Es, muchas veces, la intervención.
Conviene decir también lo que la evidencia todavía no puede sostener, porque un campo que se defiende inflando sus resultados se vuelve frágil. La mayoría de los ensayos se concentra en minorías sexuales cisgénero, y los datos rigurosos sobre personas trans y no binarias son escasos. Los mecanismos exactos del cambio siguen sin estar claros: hay mejoras en ocultamiento, en desregulación emocional, en preocupación por la aceptación, pero las mediaciones no son definitivas. Y las muestras iberoamericanas siguen siendo pocas, como han señalado Tomicic, Martínez y Concha (2024). Escribo esto no para debilitar el enfoque, sino porque señalar el hueco es la única forma honesta de invitar a alguien a llenarlo.
Nada de esto se sostiene si no nombramos la deuda. Durante décadas, la psicología y la psiquiatría no fueron espectadoras de la exclusión, fueron autoras. La homosexualidad permaneció clasificada como trastorno mental hasta 1973, y las identidades trans cargaron mucho más tiempo con categorías diagnósticas construidas sobre la norma heterosexual y cisgénero. Ese antecedente explica por qué la neutralidad, en este terreno, no es una opción disponible. La literatura reciente lo dice sin rodeos: no basta con ser neutral, porque las intervenciones no afirmativas tienden a ignorar las experiencias específicas LGBTIQ+ o a tratarlas de forma evasiva. El silencio del terapeuta frente a una vida que el mundo entero ha comentado no es prudencia. Es una continuación del rechazo por otros medios.
En México esto no es historia lejana. La reforma al Código Penal Federal y a la Ley General de Salud que prohíbe los llamados Esfuerzos para Corregir la Orientación Sexual e Identidad de Género entró en vigor en 2024 y sanciona a quienes ejercen profesiones de la salud y apliquen prácticas dirigidas a suprimir la orientación sexual, la identidad o la expresión de género, con suspensión del ejercicio profesional. Según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género del INEGI (2021), a cerca de quinientas mil personas se les intentó corregir la orientación sexual y a setecientas mil la identidad de género. Esas cifras no las produjo un adversario del gremio. Muchas de esas manos fueron manos formadas.
Queda la objeción más seria, y la digo con todas sus letras porque me la he hecho a mí misma. Buena parte de las definiciones divulgativas hablan de validar la identidad del consultante sin cuestionarla, y ese "sin cuestionar" incomoda a cualquiera que entienda la terapia como un espacio de exploración. La salida está en no confundir dos cosas. Afirmar significa que la identidad de la persona no es el objeto de tratamiento; no significa que su vida interior deje de ser explorable. Se puede sostener con firmeza que no hay nada que corregir y al mismo tiempo acompañar a alguien en sus contradicciones, sus miedos, su historia amorosa desastrosa y su relación con el deseo. Es más, solo se puede explorar de verdad cuando el sujeto ya no tiene que defender su derecho a existir dentro del consultorio. La afirmación no clausura la pregunta. Es lo que la vuelve posible.
Hay una obra que me acompaña cada vez que pienso en esto. En 1930 Lorca escribió El público, un texto que no pudo estrenarse en vida del autor y que tardó más de cincuenta años en llegar a un escenario. La obra distingue entre un teatro al aire libre, el que la gente tolera, y un teatro bajo la arena, el que diría la verdad del deseo. Cuando ese teatro verdadero se asoma, el público se amotina. No se amotina porque la obra sea mala, sino porque el amor que estaba viendo era real y no tenía autorización para serlo. Un autor escribió, hace casi cien años, la escena exacta de lo que ocurre cuando alguien intenta traer al frente lo que se había convenido dejar afuera.
Lorca murió sin ver esa obra montada. Escribió, aun así, en un país y en un tiempo que lo iban a matar. Eso también es un dato clínico: la gente escribe, ama y se nombra incluso cuando el entorno le cobra por hacerlo, y nuestro trabajo consiste en bajar ese costo, no en administrarlo.
En palabras de Audre Lorde, el silencio no protege a nadie. En palabras de Ilan Meyer, el estrés que enferma no viene de quién se es, sino de lo que el mundo hace con quien se es. Y en mis palabras: acompañar no es corregir el papel de nadie, es oscurecer la sala para que se encienda el escenario, y que alguien pueda por fin decir yo sin pedir permiso.
Bibliografía:
American Psychological Association (2015). Guidelines for psychological practice with transgender and gender nonconforming people. American Psychologist, 70(9), 832-864.
American Psychological Association (2021). Guidelines for psychological practice with sexual minority persons. Washington, DC.
Burger, J., y Pachankis, J. E. (2024). State of the Science: LGBTQ-Affirmative Psychotherapy. Behavior Therapy, 55.
Expósito-Campos, P. y cols. (2022). La adaptación afirmativa de los tratamientos psicológicos para minorías sexuales: una revisión sistemática. Revista Clínica Contemporánea.
García Lorca, F. (1930/2006). El público. Madrid: Cátedra.
INEGI (2022). Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) 2021. México.
Leluțiu-Weinberger, C. y cols. (2024). Ensayo de intervención afirmativa con personas trans y de género expansivo en Rumanía.
Malyon, A. K. (1982). Psychotherapeutic implications of internalized homophobia in gay men. Journal of Homosexuality, 7(2-3), 59-69.
Meyer, I. H. (2003). Prejudice, social stress, and mental health in lesbian, gay, and bisexual populations. Psychological Bulletin, 129(5), 674-697.
Pachankis, J. E., Hatzenbuehler, M. L., Rendina, H. J., Safren, S. A., y Parsons, J. T. (2015). LGB-affirmative cognitive-behavioral therapy for young adult gay and bisexual men: A randomized controlled trial. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 83(5), 875-889.
Rogers, C. R. (1957). The necessary and sufficient conditions of therapeutic personality change. Journal of Consulting Psychology, 21(2), 95-103.
Ryan, C., Huebner, D., Diaz, R. M., y Sanchez, J. (2009). Family rejection as a predictor of negative health outcomes in white and Latino lesbian, gay, and bisexual young adults. Pediatrics, 123(1), 346-352.
Secretaría de Gobernación (2024). Decreto por el que se reforman diversas disposiciones del Código Penal Federal y de la Ley General de Salud, en materia de ECOSIG. Diario Oficial de la Federación.
Tomicic, A., Martínez, C., y Concha, F. (2024). Investigación en psicoterapia LGBT+ en Iberoamérica: avances y desafíos. Revista de Psicoterapia, 127.
White, M., y Epston, D. (1990). Narrative Means to Therapeutic Ends. Nueva York: Norton.




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